Desde la perspectiva antropológica, vengo estudiando diversos elementos en relación al culto. Mi primer enfoque fue dedicado a la “Tierra Santa”, esa tabletas de tierra de Esquipulas que se vende en la región y que son tan acogidas por los pobladores. Posteriormente he puesto mi atención a los itinerarios de veneración en relación a los garífuna que viajan desde Nueva York para rendir culto. Derivados de esta experiencias, he ido creciendo y perfilando una serie de observaciones enmarcadas dentro de una dinámica de carácter longitudinal en tanto vengo realizado este estudio desde hace varios años.
La noticia que ahora quiero destacar es precisamente la declaratoria de visitantes distinguidos que recibiera la nación garífuna el día 9 de enero, en el marco de la declaratoria referida. Se trató de un evento emotivo, al que asistieron diversas delegaciones garífunas de Centroamérica y de Estados Unidos, con el acompañamiento del Vicariato Apostólico de Izabal y de otros visitantes distinguidos. En términos generales y en función de lo que venimos observando en mi trabajo de campo, me parece oportuno señalar algunos elementos derivados de la declaración en cuestión. Por un lado la sólida gobernanza que ellos manifiestan y que permite —desde su llegada a este territorio— la movilidad de grandes grupos de población y la permanencia cohesionada de los mismos. En el otro una importante confluencia entre la religión católica y las expresiones de la religiosidad popular así como una particular promoción de confluencia entre ambos credos. Finalmente la permanencia de prácticas tradicionales incrustadas en nuevos espacio y con un particular refuerzo por mostrarlas a los otros. Seguramente esto no camina como una acción consiente, sino como una confluencia de viejas aristas y que ya los estudiosos marcaron con detenimiento, la relación entre la religiosidad y lo político.


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